lunes, 18 de enero de 2010

Nada


Y ya nada importa después de esto. Parecemos muertos y los muertos son ellos. Quiero correr, escaparme pero el solo pensar en separarme de los que me necesitan me vuelve invulnerable al miedo. Las horas pasan y espero ese puto cartel que tarda en informar la hora del entierro. Necesito llorar y encontrar la paz que ellos nunca tuvieron.
El amor quizás si sea eso que una vez estuvo cerca de mí, quizás si es ese sentimiento generalizador tan contrario a la rabia, la soberbia, el odio. Y me cuesta darme cuenta de que alguna vez pensamos juntos en morir y hoy la muerte se vuelve tan interrogante, tan cercana y terrible. La puerta del auto que se cierra en la vereda, las voces silenciosas, los pasos débiles, la angustia suprema, será la señal? Serán esas voces las que me están haciendo enterar de que es hora, que termino el descanso, si tus lagrimas no reaccionan húndete en el olvido, en la agonía eterna.
Porque sigo teniendo este cartel en la mano? y cuantas veces mas me vencerá la duda y el sosiego? necesidad de hundirte, demorarte, contagiarte. Ya se acabo todo, y la nada abunda como un reloj sin tiempo. Corriendo a velocidades extremas que el recuerdo permite, te incorporo a mi vida como un secreto de poetas vencidos tras la agonía de abandonar ese desierto de palabras inmóviles como las hojas sin el viento. El proceso comienza extrañando cada expresión, cada momento, y cada paso se humilla solo sobre las cabezas de los años acurrucadas como piedras en un lago sin fin. Pero el deseo del olvido se vuelve tentador para otro muerto vivo, y la honorabilidad construye episodios que obligan a mutilar recuerdos peligrosos o bien amarrarlos a la piel sin piedad. Se grita, duele, nos herimos, nos hieren y comienza la etapa decisiva esa que va a separar lo racional de lo irracional y a convertirnos por fin en eso que nunca deseamos ser.

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